Violencia familiar como uno de los factores desencadenante del parricidio.
Investigadora
María Gabriela Cabutto-Miembro GEDISOS-
Dedicaciòn Part-Time del C.E.I.G (Centro de Estudios e Investigaciòn GEDISOS)
Tema
"Violencia familiar como uno de los factores desencadenante del parricidio".
“Estoy tranquilo, se terminó mi calvario”,
dijo el chico a los uniformados, según la policía, por lo que quedó demorado.
Parricidio es dar muerte a una persona, ascendiente, descendiente o pariente en línea recta, ya sea biológico o adoptivo, siempre que quien lo realice conozca esa filiación y adrede atente contra ella. Según Arnaldo Rascovsky, en condiciones de excesivo stress, el individuo adulto rompe el equilibrio resultante de su evolución y puede ser capaz de ir hasta sus más internos deseos primitivos, como el de matar a quien le ha dado la vida, teniendo en cuenta las circunstancias vividas anteriormente que hacen que actúe de un modo tan violento.
Mitos…
Hablar de dar muerte a los padres, es inevitablemente tener que hacer mención a la tragedia griega, y con ello decir que la profecía estaba en lo cierto cuando menciona que los humanos al intentar en vano hacerle frente a su destino, terminan siendo los responsables únicos de su desgracia. Los dioses mitológicos creían burlar los oráculos devorando a sus hijos antes de que éstos fueran capaces de empuñar un arma. A su vez que Zeus sucumbió ante su hijo Cronos; al nacer, su madre Rea lo ocultó mostrándole a su esposo una piedra envuelta en pañales, ya que se había comido a sus cinco hijos ya nacidos.
Su contraparte, el filicidio, tiene como máximo exponente a la historia contada por la Biblia de Abraham, a quien Dios le ordenó que sacrificara a su hijo en señal de su amor por Él, y la incondicional muestra de fe hizo que Dios no lo permitiera, evitando que le de muerte a Isaac.
Nuestro Código Penal no habría caratulado la muerte del padre natural de Edipo como parricidio, ya que el hijo no sabía en realidad que estaba dando muerte a su propio padre. El oráculo le había advertido a Layo que sería muerto por su hijo; es así que cuando éste nació, le ató los pies y lo dejó abandonado en una montaña solitaria para que muriere. Un pastor lo encontró y se hizo cargo de éste dándole el nombre de Edipo. Años más tarde, se entera Edipo de esta profecía y decide huir para no herir al buen pastor. En su camino se cruza su padre biológico, Layo, y al confundirlo con un ladrón, le da muerte.
Julio César tampoco pudo estar ausente de esta profecía, y al tiempo que se acerca su hijo adoptivo, Bruto, portando en su mano la daga, sólo tuvo fuerzas para pronunciar su más célebre y triste frase ante el parricidio “También tú, hijo mío”.
En cambio en Roma, durante siete siglos, se lo consideró al parricidio como un crimen imposible, por lo cual no había legislación, ya que existía una unión que conformaban padre e hijo, y éste recién pasaba a tener derechos y disposición sobre sus cosas a la muerte del padre; Séneca le enseña a Nerón que los crímenes más castigados son los que más se perpetran. Por lo tanto, al parricida se lo castigaba echándolo en una saco lleno de serpientes y se lo arrojaban al Tíber, si se comprobaba que había dado muerte a su padre.
En nuestra legislación sigue la idea de que el parricidio es algo inaceptable, y se cambió la figura del Código Penal, que no es que no lo considera como delito, sino que la encierra en la figura de Homicidio Calificado por el Vínculo. De igual modo, el incesto queda sumido en delito de “abuso sexual Calificado por el Vínculo”.
En la muerte del padre, también muere el hijo, quien es el que pide a gritos ayuda para poder seguir. Es una demanda de padre al precio que sea, dando batalla en el terreno de lo absoluto. Quien se atreve a cometer semejante crimen es porque previamente ha sufrido horrores en la vida a su lado, y ésta se ha hecho insoportable, tanto para el agredido como para quienes conviven con la víctima. Aunque es muy bueno aclarar que víctima no es solamente quien muere, sino todo aquel que haya compartido el sufrimiento de quien tuvo el valor para convertir en acto los deseos propios y de los otros.
Si nos preguntáramos cuáles son las circunstancias que pueden hacer que una persona, a la cual se la considera calmada, responsable, inteligente, equilibrada, buen estudiante y servicial, pueda tomar un arma y disparar contra uno de sus progenitores… la respuesta está muy cerca de nosotros: la violencia y el mal trato que se da entre su padre/madre y el hijo. “La violencia empieza por casa”, decía Eduardo Galeano, cuando se refiere a que como castigo se los manda a la cama sin comer, las penitencias en el baño, etc. Esto es una cosa y el maltrato físico y verbal es otra. La violencia familiar no es sólo una distinción entre clases sociales, sino que hace referencia a abandono del niño, a que sea partícipe de peleas entre los padres, y no simples discusiones, sino agresiones verbales y golpes propinados entre ellos; como así también soportar que llegue uno alcoholizado y arremeta contra el otro y con los hijos de ambos. La falta de amor, de cariño, de un abrazo o de una caricia forman parte de esta violencia; el no tener una palabra de apoyo hacen que se retraiga y junte en su interior todos sus sentimientos, hasta que algo los despierta y estallan en un acto sumamente violento, como escapándose de esa realidad, buscando huir y liberar a los otros, a la vez que ellos mismos se liberan de ese padre violento y alcohólico.
La violencia familiar es una de las formas más privada de violencia, ya que se da en condiciones familiares peculiares. Se la puede definir como el acto de poder u omisión, recurrente, intencional y cíclico, dirigido a dominar, someter, controlar o agredir física, verbal, psicoemocional o sexualmente a cualquier miembro de la familia dentro o fuera del domicilio familiar, que tenga alguna relación de parentesco por consanguinidad o adopción.
El nivel de odio y resentimiento que manifiesta un adolescente al matar a su padre, se relaciona con la imposibilidad de ese hijo de expresar lo que le sucede, y con la existencia en su familia de problemas bastantes severos. Si bien es cierto que cada caso tiene sus características y antecedentes personales por los cuales es difícil englobarlos a todos en la misma categoría; sí se puede, en cierto modo, generalizar bajo la influencia de los malos tratos.
El adolescente que se desarrolla en un marco de continuas agresiones que le generan un nivel muy alto de resentimiento, y no tiene espacio para verbalizarlo y darlo a conocer, a la vez que no confía en alguien que esté fuera de ese ámbito; da como consecuencia que al no existir la palabra, llega al acto; que en su desesperación y encierro, ha encontrado la prelimitada decisión de eliminar a quien le agrede. Tanto las conductas agresivas como las regresivas generan violencia, resentimiento que a veces se expresa en actos violentos; quien se haya criado en un ámbito en el que los gritos y los golpes son el modo de comunicarse, la reacción que va a tener hacia los otros es precisamente la que tuvo desde niño, porque no conoce otra. La recuperación después de haber terminado con la vida del padre, es muy difícil.
Dentro de la violencia del hogar, no sólo están los malos tratos, también se encuentra el abuso sexual, como algo que viene a colación, en muchísimos casos, de la incompetencia de poder ejercer ese rol de padre.
Por medio del abuso, el agresor crea con la víctima una especie de vínculo emocional que está viciado por el secreto, por las amenazas de dañar a quien la víctima quiere, a cambio del silencio; a su vez que le dedica atenciones especiales, le hace regalos para comprar su complicidad, y de este modo se convierte en alguien amable y autoritario a la vez. Esto lleva a que el abusado se retrotraiga en sí mismo, se aísle y pierda la confianza en él y en quienes lo rodean. Hacen sentir a sus víctimas como que viven en el infierno. Al incesto suele ponérsele fin con el derramamiento de sangre, que puede ser la del abusador o la de la propia víctima, que en un intento de escape se suicida para terminar con ese sufrimiento.
Mediante el control y el aislamiento, el agresor hace que la víctima se encierre en sí misma y no pueda comunicar a otros la violencia que recibe. El agresor suele ser inestable, inmaduro y hasta antisocial; pero lo que llama la atención es que fuera del ámbito familiar suele ser una excelente persona, para los otros. Esta doble personalidad hace que quienes no tengan contacto con el mundo interno familiar no puedan sospechar lo que sucede, y hasta no les crea a las víctimas. Este juego de dos personajes que realiza el abusador es llamado “perversión”, ya que hace que quien es víctima no pueda confiar en nadie. Cabe aclara que los niños no comprenden lo actos abusivos con todas las connotaciones sexuales que los adultos lo identifican. Pero los sienten y vivencian como acciones agresivas, intempestivas, inesperadas y desconocidas, producidas por un adulto en el cual ellos confían. La perversión llega hasta tal punto que produce en el abusado sentimientos de culpa, trastornos del sueño y del aprendizaje, dificultad para concentrarse, cambios de humor bruscos, como también aislamiento, sensación de no ser querido y hasta pensar que el padre disfruta con los castigos y el abuso.
Suele ocurrir que ante los interrogantes de los profesionales psicólogos, el niño evade el tema, huye, evita y rechaza el mismo; utiliza mecanismos de modos defensivos ante la situación que le resulta traumática y difícil de enfrentar, ya que el mero echo de recordarlo le provoca un resentimiento que prefiere olvidar. Son muchas las problemáticas para el futuro del niño que traen aparejada tanto la violencia familiar como el abuso, ya sea sólo para el entorno íntimo del abusado/maltratado, como para las relaciones que quiera entablar con los otros.
No nos olvidemos que la violencia familiar en la que la mujer o esposa es víctima también, la madre es objeto de malos tratos, humillaciones, y celos enfermizos. Los problemas de pareja suelen surgir por cuestiones de sexualidad, impotencia, económicos, impulsividad o por cuestiones laborales, y el conjunto de éstas. No se puede hacer una predicción sobre si la persona puede llegar a matar en un caso de extrema violencia o si es peligroso para sí o para terceros. El contexto de impulsividad y violencia en el que se desarrolla la relación suele tener períodos que se los denomina “mesetas”, en los cuales el agresor se arrepiente, se disculpa y promete no hacerlo de nuevo, por lo general suele ser cuando ya está judicializada la problemática y la víctima tiene que concurrir a las entrevistas psicológicas en Tribunales. Esto hace que el golpeador se arrepienta y busque calmar los ánimos; entonces la víctima intenta justificarlo con la convicción de que no la va a golpear más, que lo prometió. Busca proteger al entorno, sus hijos y quienes habitan bajo el mismo techo, a la vez que su lugar está dado por la adopción de un rol pasivo, que se sacrifica por el bien de los otros, y que acepta que la golpeen porque siempre fue así. Estas víctimas suelen crecer en un ámbito de violencia, vieron que lo que ella vive lo pasó también su madre, su abuela y sus vecinos, por lo tanto hasta llegan a creer “que eso es lo normal, o que está bien”.
Hay que tener en cuenta también que existen dificultades en la conducta del golpeador, como la paranoia, las adicciones a las drogas, antecedentes delictivos que hacen que no controle sus impulsos, que la violencia no sólo sea física sino verbal y la convivencia, por lo tanto, insoportable. El alcohol es un ingrediente importante, ya que hace que la persona se desinhiba y no controle lo que diga o haga.
Una visión legal
Si bien, como ya dijimos, el parricidio no es considerado un delito en sí mismo por nuestra legislación, sino que se lo subsume al otra figura; es bueno así dar la definición de delito, esto es “hecho típico, antijurídico y culpable”, al que Ricardo Nuñez (gran penalista cordobés) le agrega punible. Es un hecho porque se trata de una acción, aunque también puede ser omisión; la tipicidad está dada por el Código Penal que lo considera y penaliza a quien cometa dicho acto, la antijuricidad es por la lesión a un bien jurídico; culpabilidad es la adjudicación de un hecho a una persona, y la punibilidad hace referencia a la capacidad de la persona de ser responsable de sus actos, ya sean dolosos o culposos (con intención o no de realizarlo).
Desde un punto de vista legal, hay elementos que se deben reunir para que concurra esta figura; éstos son: a) la forma genérica, b) privar de la vida a alguien, c) que este alguien sea pariente ascendiente o descendiente en línea recta (padres/hijos), d) que sean legítimos o naturales (sanguíneos/adoptivos), e) conocimiento del parentesco, f) forma específica (tipificación).
Hay un deber jurídico que se rompe, y es precisamente el de la prohibición de quitarle la vida dolosamente (con intención y conocimiento de cómo hacerlo) al ascendiente o descendiente consanguíneo o adoptivo, en línea recta. También, de algún modo, esto viola la Ley Natural, que está en todas las religiones, creencias y moral.
Los bienes jurídicos tutelados que se lesionan son dos, y están relacionados con la vida humana y la seguridad o tranquilidad que se funda en la confianza que se deriva de las relaciones que se dan entre ascendientes/descendientes.
El sujeto activo es quien realiza el acto de modo voluntario, con calidad específica y debe ser imputable tal delito. La voluntabilidad está dada por la capacidad de conocer y querer quitarle la vida a otro; la imputabilidad se da en la capacidad de comprender la ilicitud de lo que se está realizando; y la calidad específica la da la relación parental ascendiente/descendiente, que es de una acción positiva hacia el otro. El sujeto pasivo requiere la calidad de ser ascendiente/descendiente el sujeto activo.
El objeto material es el cuerpo humano del sujeto pasivo.
El parricidio tiene tres características importantes, que lo hacen ser tal figura delictiva, estas son: la voluntad dolosa, es decir, que el sujeto activo conoce la relación parental que lo une con el sujeto pasivo, aún así, y sabiendo que está prohibido quitarle la vida a alguien, realiza la acción. La actividad implica cualquier acción idónea para quitarle la vida a alguien. El resultado material está dado por la muerte del sujeto pasivo.
A modo de conclusión…
La imagen del padre como quien transmite su palabra, su enseñanza a sus hijos se ve desnaturalizada en estos casos. Se entra en la paternidad al renunciar a sostener su lugar de hijo frente a su mismo hijo. Un hijo demanda límites, amor, y si los padres se muestran incompetentes para cumplir su función, ambos tendrán que escuchar las demandas del otro, ya sea como pareja de padres, o en la relación entre éstos y los hijos. El horror tan temido es el horror de odiar al padre, que su vez le teme tanto, pero sabe que es parte de él.
No es fácil poder enfrentarse a un padre y matarlo, pero la impotencia de ser abusado y/o maltratado hace que se saquen fuerzas de donde sea y se tome la decisión de quitarle la vida, a cualquier precio. El muerto no es ya la víctima, sino quien crea y construye ese mundo de horror en el que toda la familia queda inmersa.
No solamente ese núcleo básico es el responsable de los malos tratos, sino que también toda la sociedad se está manejando con violencia, es decir, ésta está implícita en casi todas las relaciones, en las instituciones como las escuelas, los clubes, y hasta en el gobierno. Es por eso que la familia es en parte receptor de lo que ocurre ahí afuera, y es difícil ser inmune a lo que sucede en los otros, es difícil educar desde una sola parte, cuando en los demás lugares en donde el adolescente se desarrolla no hay ejemplos ni contención.
La mayoría de los niños crecen pasando horas sentado delante de la computadora, ya no existen los juegos de grupos ni los amigos del barrio; hoy casi todo se centra en lo individual, y al momento de confrontar con otros que no piensan igual, no hay diálogo y la respuesta es la violencia, que a su vez también se ve en casa. Los medios de comunicación muestran golpes, peleas y homicidios en todos los horarios; ni los dibujitos animados se salvan de esto.
Entonces hay que aclara que no es sólo la familia quien atraviesa esta especie de crisis, si no que la sociedad entera está inmersa en ella, y la familia es la caja de resonancia de todo eso.
Bibliografía Consultada
- El diablo se llama incesto Publicado por revista Brujas Año 19 N* 27 Octubre 2000
- Gulian Stella Maris En el fondo de una garganta insoslayable : Análisis de un caso de parricidio
- Mercado, Luis Carlos Posmodernismo y Resilencia Juvenil Edit. De la U.C.C. Córdoba, 2007
- Morales, Mónica Escritura del Parricidio
Gracias Maria Gabriela !!!
Fundaciòn GEDISOS y sus Sedes y Corresponsalìas en (Ecuador,Usuhaia, Gran Bs.As. Miami U.S.A ) y Dra. Liliana Aguirre agradecen tu Investigaciòn en nuestro centro de Estudios GEDISOS y la ayuda que seguramente brindarà tu esfuerzo para los que se sirvan del mismo.
DERECHOS RESERVADOS
PROHIBIDA SU REPRODUCCIÒN SIN CITAR AUTOR Y SITIO http://www.fundaciongedisos.org
ISBN 10-7000002-34-8
Atras
19.08.2008.
Violencia familiar como uno de los factores desencadenante del parricidio.
Investigadora
María Gabriela Cabutto-Miembro GEDISOS-
Dedicaciòn Part-Time del C.E.I.G (Centro de Estudios e Investigaciòn GEDISOS)
Tema
"Violencia familiar como uno de los factores desencadenante del parricidio".
“Estoy tranquilo, se terminó mi calvario”,
dijo el chico a los uniformados, según la policía, por lo que quedó demorado.
Parricidio es dar muerte a una persona, ascendiente, descendiente o pariente en línea recta, ya sea biológico o adoptivo, siempre que quien lo realice conozca esa filiación y adrede atente contra ella. Según Arnaldo Rascovsky, en condiciones de excesivo stress, el individuo adulto rompe el equilibrio resultante de su evolución y puede ser capaz de ir hasta sus más internos deseos primitivos, como el de matar a quien le ha dado la vida, teniendo en cuenta las circunstancias vividas anteriormente que hacen que actúe de un modo tan violento.
Mitos…
Hablar de dar muerte a los padres, es inevitablemente tener que hacer mención a la tragedia griega, y con ello decir que la profecía estaba en lo cierto cuando menciona que los humanos al intentar en vano hacerle frente a su destino, terminan siendo los responsables únicos de su desgracia. Los dioses mitológicos creían burlar los oráculos devorando a sus hijos antes de que éstos fueran capaces de empuñar un arma. A su vez que Zeus sucumbió ante su hijo Cronos; al nacer, su madre Rea lo ocultó mostrándole a su esposo una piedra envuelta en pañales, ya que se había comido a sus cinco hijos ya nacidos.
Su contraparte, el filicidio, tiene como máximo exponente a la historia contada por la Biblia de Abraham, a quien Dios le ordenó que sacrificara a su hijo en señal de su amor por Él, y la incondicional muestra de fe hizo que Dios no lo permitiera, evitando que le de muerte a Isaac.
Nuestro Código Penal no habría caratulado la muerte del padre natural de Edipo como parricidio, ya que el hijo no sabía en realidad que estaba dando muerte a su propio padre. El oráculo le había advertido a Layo que sería muerto por su hijo; es así que cuando éste nació, le ató los pies y lo dejó abandonado en una montaña solitaria para que muriere. Un pastor lo encontró y se hizo cargo de éste dándole el nombre de Edipo. Años más tarde, se entera Edipo de esta profecía y decide huir para no herir al buen pastor. En su camino se cruza su padre biológico, Layo, y al confundirlo con un ladrón, le da muerte.
Julio César tampoco pudo estar ausente de esta profecía, y al tiempo que se acerca su hijo adoptivo, Bruto, portando en su mano la daga, sólo tuvo fuerzas para pronunciar su más célebre y triste frase ante el parricidio “También tú, hijo mío”.
En cambio en Roma, durante siete siglos, se lo consideró al parricidio como un crimen imposible, por lo cual no había legislación, ya que existía una unión que conformaban padre e hijo, y éste recién pasaba a tener derechos y disposición sobre sus cosas a la muerte del padre; Séneca le enseña a Nerón que los crímenes más castigados son los que más se perpetran. Por lo tanto, al parricida se lo castigaba echándolo en una saco lleno de serpientes y se lo arrojaban al Tíber, si se comprobaba que había dado muerte a su padre.
En nuestra legislación sigue la idea de que el parricidio es algo inaceptable, y se cambió la figura del Código Penal, que no es que no lo considera como delito, sino que la encierra en la figura de Homicidio Calificado por el Vínculo. De igual modo, el incesto queda sumido en delito de “abuso sexual Calificado por el Vínculo”.
En la muerte del padre, también muere el hijo, quien es el que pide a gritos ayuda para poder seguir. Es una demanda de padre al precio que sea, dando batalla en el terreno de lo absoluto. Quien se atreve a cometer semejante crimen es porque previamente ha sufrido horrores en la vida a su lado, y ésta se ha hecho insoportable, tanto para el agredido como para quienes conviven con la víctima. Aunque es muy bueno aclarar que víctima no es solamente quien muere, sino todo aquel que haya compartido el sufrimiento de quien tuvo el valor para convertir en acto los deseos propios y de los otros.
Si nos preguntáramos cuáles son las circunstancias que pueden hacer que una persona, a la cual se la considera calmada, responsable, inteligente, equilibrada, buen estudiante y servicial, pueda tomar un arma y disparar contra uno de sus progenitores… la respuesta está muy cerca de nosotros: la violencia y el mal trato que se da entre su padre/madre y el hijo. “La violencia empieza por casa”, decía Eduardo Galeano, cuando se refiere a que como castigo se los manda a la cama sin comer, las penitencias en el baño, etc. Esto es una cosa y el maltrato físico y verbal es otra. La violencia familiar no es sólo una distinción entre clases sociales, sino que hace referencia a abandono del niño, a que sea partícipe de peleas entre los padres, y no simples discusiones, sino agresiones verbales y golpes propinados entre ellos; como así también soportar que llegue uno alcoholizado y arremeta contra el otro y con los hijos de ambos. La falta de amor, de cariño, de un abrazo o de una caricia forman parte de esta violencia; el no tener una palabra de apoyo hacen que se retraiga y junte en su interior todos sus sentimientos, hasta que algo los despierta y estallan en un acto sumamente violento, como escapándose de esa realidad, buscando huir y liberar a los otros, a la vez que ellos mismos se liberan de ese padre violento y alcohólico.
La violencia familiar es una de las formas más privada de violencia, ya que se da en condiciones familiares peculiares. Se la puede definir como el acto de poder u omisión, recurrente, intencional y cíclico, dirigido a dominar, someter, controlar o agredir física, verbal, psicoemocional o sexualmente a cualquier miembro de la familia dentro o fuera del domicilio familiar, que tenga alguna relación de parentesco por consanguinidad o adopción.
El nivel de odio y resentimiento que manifiesta un adolescente al matar a su padre, se relaciona con la imposibilidad de ese hijo de expresar lo que le sucede, y con la existencia en su familia de problemas bastantes severos. Si bien es cierto que cada caso tiene sus características y antecedentes personales por los cuales es difícil englobarlos a todos en la misma categoría; sí se puede, en cierto modo, generalizar bajo la influencia de los malos tratos.
El adolescente que se desarrolla en un marco de continuas agresiones que le generan un nivel muy alto de resentimiento, y no tiene espacio para verbalizarlo y darlo a conocer, a la vez que no confía en alguien que esté fuera de ese ámbito; da como consecuencia que al no existir la palabra, llega al acto; que en su desesperación y encierro, ha encontrado la prelimitada decisión de eliminar a quien le agrede. Tanto las conductas agresivas como las regresivas generan violencia, resentimiento que a veces se expresa en actos violentos; quien se haya criado en un ámbito en el que los gritos y los golpes son el modo de comunicarse, la reacción que va a tener hacia los otros es precisamente la que tuvo desde niño, porque no conoce otra. La recuperación después de haber terminado con la vida del padre, es muy difícil.
Dentro de la violencia del hogar, no sólo están los malos tratos, también se encuentra el abuso sexual, como algo que viene a colación, en muchísimos casos, de la incompetencia de poder ejercer ese rol de padre.
Por medio del abuso, el agresor crea con la víctima una especie de vínculo emocional que está viciado por el secreto, por las amenazas de dañar a quien la víctima quiere, a cambio del silencio; a su vez que le dedica atenciones especiales, le hace regalos para comprar su complicidad, y de este modo se convierte en alguien amable y autoritario a la vez. Esto lleva a que el abusado se retrotraiga en sí mismo, se aísle y pierda la confianza en él y en quienes lo rodean. Hacen sentir a sus víctimas como que viven en el infierno. Al incesto suele ponérsele fin con el derramamiento de sangre, que puede ser la del abusador o la de la propia víctima, que en un intento de escape se suicida para terminar con ese sufrimiento.
Mediante el control y el aislamiento, el agresor hace que la víctima se encierre en sí misma y no pueda comunicar a otros la violencia que recibe. El agresor suele ser inestable, inmaduro y hasta antisocial; pero lo que llama la atención es que fuera del ámbito familiar suele ser una excelente persona, para los otros. Esta doble personalidad hace que quienes no tengan contacto con el mundo interno familiar no puedan sospechar lo que sucede, y hasta no les crea a las víctimas. Este juego de dos personajes que realiza el abusador es llamado “perversión”, ya que hace que quien es víctima no pueda confiar en nadie. Cabe aclara que los niños no comprenden lo actos abusivos con todas las connotaciones sexuales que los adultos lo identifican. Pero los sienten y vivencian como acciones agresivas, intempestivas, inesperadas y desconocidas, producidas por un adulto en el cual ellos confían. La perversión llega hasta tal punto que produce en el abusado sentimientos de culpa, trastornos del sueño y del aprendizaje, dificultad para concentrarse, cambios de humor bruscos, como también aislamiento, sensación de no ser querido y hasta pensar que el padre disfruta con los castigos y el abuso.
Suele ocurrir que ante los interrogantes de los profesionales psicólogos, el niño evade el tema, huye, evita y rechaza el mismo; utiliza mecanismos de modos defensivos ante la situación que le resulta traumática y difícil de enfrentar, ya que el mero echo de recordarlo le provoca un resentimiento que prefiere olvidar. Son muchas las problemáticas para el futuro del niño que traen aparejada tanto la violencia familiar como el abuso, ya sea sólo para el entorno íntimo del abusado/maltratado, como para las relaciones que quiera entablar con los otros.
No nos olvidemos que la violencia familiar en la que la mujer o esposa es víctima también, la madre es objeto de malos tratos, humillaciones, y celos enfermizos. Los problemas de pareja suelen surgir por cuestiones de sexualidad, impotencia, económicos, impulsividad o por cuestiones laborales, y el conjunto de éstas. No se puede hacer una predicción sobre si la persona puede llegar a matar en un caso de extrema violencia o si es peligroso para sí o para terceros. El contexto de impulsividad y violencia en el que se desarrolla la relación suele tener períodos que se los denomina “mesetas”, en los cuales el agresor se arrepiente, se disculpa y promete no hacerlo de nuevo, por lo general suele ser cuando ya está judicializada la problemática y la víctima tiene que concurrir a las entrevistas psicológicas en Tribunales. Esto hace que el golpeador se arrepienta y busque calmar los ánimos; entonces la víctima intenta justificarlo con la convicción de que no la va a golpear más, que lo prometió. Busca proteger al entorno, sus hijos y quienes habitan bajo el mismo techo, a la vez que su lugar está dado por la adopción de un rol pasivo, que se sacrifica por el bien de los otros, y que acepta que la golpeen porque siempre fue así. Estas víctimas suelen crecer en un ámbito de violencia, vieron que lo que ella vive lo pasó también su madre, su abuela y sus vecinos, por lo tanto hasta llegan a creer “que eso es lo normal, o que está bien”.
Hay que tener en cuenta también que existen dificultades en la conducta del golpeador, como la paranoia, las adicciones a las drogas, antecedentes delictivos que hacen que no controle sus impulsos, que la violencia no sólo sea física sino verbal y la convivencia, por lo tanto, insoportable. El alcohol es un ingrediente importante, ya que hace que la persona se desinhiba y no controle lo que diga o haga.
Una visión legal
Si bien, como ya dijimos, el parricidio no es considerado un delito en sí mismo por nuestra legislación, sino que se lo subsume al otra figura; es bueno así dar la definición de delito, esto es “hecho típico, antijurídico y culpable”, al que Ricardo Nuñez (gran penalista cordobés) le agrega punible. Es un hecho porque se trata de una acción, aunque también puede ser omisión; la tipicidad está dada por el Código Penal que lo considera y penaliza a quien cometa dicho acto, la antijuricidad es por la lesión a un bien jurídico; culpabilidad es la adjudicación de un hecho a una persona, y la punibilidad hace referencia a la capacidad de la persona de ser responsable de sus actos, ya sean dolosos o culposos (con intención o no de realizarlo).
Desde un punto de vista legal, hay elementos que se deben reunir para que concurra esta figura; éstos son: a) la forma genérica, b) privar de la vida a alguien, c) que este alguien sea pariente ascendiente o descendiente en línea recta (padres/hijos), d) que sean legítimos o naturales (sanguíneos/adoptivos), e) conocimiento del parentesco, f) forma específica (tipificación).
Hay un deber jurídico que se rompe, y es precisamente el de la prohibición de quitarle la vida dolosamente (con intención y conocimiento de cómo hacerlo) al ascendiente o descendiente consanguíneo o adoptivo, en línea recta. También, de algún modo, esto viola la Ley Natural, que está en todas las religiones, creencias y moral.
Los bienes jurídicos tutelados que se lesionan son dos, y están relacionados con la vida humana y la seguridad o tranquilidad que se funda en la confianza que se deriva de las relaciones que se dan entre ascendientes/descendientes.
El sujeto activo es quien realiza el acto de modo voluntario, con calidad específica y debe ser imputable tal delito. La voluntabilidad está dada por la capacidad de conocer y querer quitarle la vida a otro; la imputabilidad se da en la capacidad de comprender la ilicitud de lo que se está realizando; y la calidad específica la da la relación parental ascendiente/descendiente, que es de una acción positiva hacia el otro. El sujeto pasivo requiere la calidad de ser ascendiente/descendiente el sujeto activo.
El objeto material es el cuerpo humano del sujeto pasivo.
El parricidio tiene tres características importantes, que lo hacen ser tal figura delictiva, estas son: la voluntad dolosa, es decir, que el sujeto activo conoce la relación parental que lo une con el sujeto pasivo, aún así, y sabiendo que está prohibido quitarle la vida a alguien, realiza la acción. La actividad implica cualquier acción idónea para quitarle la vida a alguien. El resultado material está dado por la muerte del sujeto pasivo.
A modo de conclusión…
La imagen del padre como quien transmite su palabra, su enseñanza a sus hijos se ve desnaturalizada en estos casos. Se entra en la paternidad al renunciar a sostener su lugar de hijo frente a su mismo hijo. Un hijo demanda límites, amor, y si los padres se muestran incompetentes para cumplir su función, ambos tendrán que escuchar las demandas del otro, ya sea como pareja de padres, o en la relación entre éstos y los hijos. El horror tan temido es el horror de odiar al padre, que su vez le teme tanto, pero sabe que es parte de él.
No es fácil poder enfrentarse a un padre y matarlo, pero la impotencia de ser abusado y/o maltratado hace que se saquen fuerzas de donde sea y se tome la decisión de quitarle la vida, a cualquier precio. El muerto no es ya la víctima, sino quien crea y construye ese mundo de horror en el que toda la familia queda inmersa.
No solamente ese núcleo básico es el responsable de los malos tratos, sino que también toda la sociedad se está manejando con violencia, es decir, ésta está implícita en casi todas las relaciones, en las instituciones como las escuelas, los clubes, y hasta en el gobierno. Es por eso que la familia es en parte receptor de lo que ocurre ahí afuera, y es difícil ser inmune a lo que sucede en los otros, es difícil educar desde una sola parte, cuando en los demás lugares en donde el adolescente se desarrolla no hay ejemplos ni contención.
La mayoría de los niños crecen pasando horas sentado delante de la computadora, ya no existen los juegos de grupos ni los amigos del barrio; hoy casi todo se centra en lo individual, y al momento de confrontar con otros que no piensan igual, no hay diálogo y la respuesta es la violencia, que a su vez también se ve en casa. Los medios de comunicación muestran golpes, peleas y homicidios en todos los horarios; ni los dibujitos animados se salvan de esto.
Entonces hay que aclara que no es sólo la familia quien atraviesa esta especie de crisis, si no que la sociedad entera está inmersa en ella, y la familia es la caja de resonancia de todo eso.
Bibliografía Consultada
- El diablo se llama incesto Publicado por revista Brujas Año 19 N* 27 Octubre 2000
- Gulian Stella Maris En el fondo de una garganta insoslayable : Análisis de un caso de parricidio
- Mercado, Luis Carlos Posmodernismo y Resilencia Juvenil Edit. De la U.C.C. Córdoba, 2007
- Morales, Mónica Escritura del Parricidio
Gracias Maria Gabriela !!!
Fundaciòn GEDISOS y sus Sedes y Corresponsalìas en (Ecuador,Usuhaia, Gran Bs.As. Miami U.S.A ) y Dra. Liliana Aguirre agradecen tu Investigaciòn en nuestro centro de Estudios GEDISOS y la ayuda que seguramente brindarà tu esfuerzo para los que se sirvan del mismo.
DERECHOS RESERVADOS
PROHIBIDA SU REPRODUCCIÒN SIN CITAR AUTOR Y SITIO http://www.fundaciongedisos.org
ISBN 10-7000002-34-8
Atras
19.08.2008.




